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nydus/Bleak HousePublic
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XLVIII. Cerrando el cerco

Hay susurros y asombro durante todo el día, una requisa estricta de cada rincón, un rastreo cuidadoso de los pasos y una anotación meticulosa de la disposición de cada mueble. Todos los ojos miran hacia el Romano, y todas las voces murmuran: «¡Si al menos pudiera decir lo que vio!».

Señala una mesa sobre la cual hay una botella (casi llena de vino), un vaso y dos velas que se apagaron de repente poco después de ser encendidas. Señala una silla vacía y una mancha en el suelo frente a ella que casi podría cubrirse con una mano. Estos objetos se encuentran directamente dentro de su alcance. Una imaginación exaltada podría suponer que hay en ellos algo tan terrorífico como para volver de remate, locos de atatar, al resto de la composición, no solo a los muchachos patilargos acompañantes, sino también a las nubes, las flores y las columnas; en suma, al cuerpo y alma mismos de la Alegoría, y a todo el seso que posee. Ocurre sin duda que cualquiera que entra en la habitación a oscuras y mira estas cosas alza la mirada hacia el romano, y este se ve investido ante todos los ojos de misterio y pavor, como si fuera un testigo mudo y paralizado.

Así sucederá sin duda, a lo largo de los muchos años venideros, que se contarán historias de fantasmas sobre la mancha en el suelo, tan fácil de ocultar, tan difícil de borrar, y que el romano, desde el techo, señalará, mientras el polvo, la humedad y las arañas se lo permitan, con un significado mucho mayor del que jamás tuvo en tiempos de Mr. Tulkinghorn, y con un sentido mortífero.

Porque los tiempos de Mr. Tulkinghorn han terminado para siempre jamás, y el romano señalaba la mano asesina levantada contra su vida, y lo señalaba a él, indefenso, de la noche a la mañana, tendido boca abajo en el suelo, con el corazón atravesado por un disparo.

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