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nydus/Bleak HousePublic
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VII. El paseo del fantasma

Así los conejos, con sus colas que los delatan, correteando de entrada y salida por los agujeros en las raíces de los árboles, pueden estar llenos de ideas sobre los días ventosos en los que el viento les alborota las orejas o sobre aquellas estaciones de interés en las que hay tiernas plantitas que roer. El pavo del corral, siempre apesadumbrado por un agravio de clase (probablemente la Navidad), puede evocar aquella mañana de verano que le arrebataron injustamente cuando se metió por el camino entre los árboles talados, donde había un granero y cebada. El ganso descontento, que se agacha para pasar bajo el viejo portalón de veinte pies de altura, puede parlotear, si tan solo lo supiéramos, una bamboleante preferencia por el clima en el que el portalón proyecta su sombra sobre el suelo.

Sea como fuere, por lo demás no hay mucha imaginación revoloteando en Chesney Wold. Si llega a haberla por algún casual, da mucho de sí, como un pequeño ruido en ese viejo lugar lleno de ecos, y por lo general desemboca en fantasmas y misterio.

Ha llovido con tanta fuerza y durante tanto tiempo allí en Lincolnshire, que la señora Rouncewell, la anciana ama de llaves de Chesney Wold, se ha quitado las gafas varias veces y las ha limpiado para asegurarse de que las gotas no estaban en los cristales. La señora Rouncewell podría haberse quedado bastante convencida al oír la lluvia, de no ser porque está algo sorda, lo cual nadie la hará creer jamás. Es una anciana distinguida, hermosa, imponente, maravillosamente pulida, y tiene una espalda y un peto tales que, si al morir resultara que sus ballenas han sido una antigua y ancha rejilla de chimenea familiar, nadie que la conozca tendría motivos para sorprenderse.

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