inclinó antes de que terminara de hablar y susurró. Su señoría, con los ojos puestos en sus papeles, escuchó, asintió dos o tres veces, pasó más hojas y no volvió a mirarme hasta que nos íbamos.
El señor Kenge se retiró entonces, y con él Richard, hacia donde yo estaba, cerca de la puerta, dejando a mi querida (¡es tan natural para mí que otra vez no puedo evitarlo!) sentada junto al Lord Canciller, con quien su señoría habló un momento, preguntándole, según me contó después, si había reflexionado bien sobre el arreglo propuesto, y si creía que sería feliz bajo el techo del señor Jarndyce de Bleak House, y por qué lo pensaba. Al poco rato se levantó cortésmente y la dejó ir, y luego habló durante uno o dos minutos con Richard Carstone, ya no sentado, sino de