la condición de que se largue de aquí ahora mismo, venga, y se las pique, una condición que cumple de
De modo que la sensación se apaga por el momento; y el impasible policía (para quien un poco de opio, más o menos, no es nada), con su sombrero brillante, cuello rígido, levita inflexible, cinturón robusto y brazalete, y todo lo demás apropiado, continúa su camino indolente con paso pesado, golpeándose las palmas de los guantes blancos la una contra la otra y deteniéndose de vez en cuando en una esquina para mirar distraído en busca de cualquier cosa, desde un niño perdido hasta un asesinato.
Al amparo de la noche, el bobalicón del bedel revolotea por Chancery Lane con sus citaciones, en las que el nombre de cada jurado está mal deletreado y nada está bien deletreado salvo el nombre del propio bedel, que nadie puede leer ni le importa conocer. Entregadas las citaciones y prevenidos sus testigos, el bedel va a casa de Mr. Krook para cumplir con una pequeña cita que ha concertado con ciertos indigentes, los cuales, al llegar poco después, son conducidos escaleras arriba, donde le dan a los grandes ojos de la contraventana algo nuevo que contemplar, en esa última forma que los alojamientos terrenales adoptan para Nadie, y para Todos.
Y toda esa noche el ataúd permanece listo junto al viejo baúl; y la solitaria figura sobre la cama, cuyo sendero en la vida se ha extendido a lo largo de cuarenta y cinco años, yace allí sin más rastro tras de sí, que alguien pueda seguir, que el de un infante abandonado.
Al día siguiente la callejuela entera bulle —es como una feria, según dice la señora Perkins, más que reconciliada con la señora Piper, en amistosa conversación con esa excelente mujer—. El juez de instrucción ha de reunirse en la habitación del primer piso del Sol’s Arms, donde se celebran las Reuniones Armónicas dos veces por semana y donde la