paciencia de quedarse ahí y ser testigos de tantas inconsistencias y contradicciones como todas esas tonterías altisonantes, ¡y la actitud de mamá!”
No pude menos que entender que se refería al Sr. Quale, el joven caballero que había aparecido ayer después de cenar. Me vi libre de la desagradable necesidad de continuar con el tema gracias a que Richard y Ada se acercaron a buen paso, riendo y preguntándonos si pretendíamos correr una carrera. Así interrumpida, la señorita Jellyby se quedó en silencio y siguió caminando ensimismada a mi lado mientras yo admiraba las largas sucesiones y variedades de calles, la cantidad de gente que ya iba y venía, el número de vehículos que pasaban y repasaban, los atareados preparativos en la disposición de los escaparates y el barrido de las tiendas, y las extraordinarias criaturas enharrapadas que rebuscaban a escondidas entre los desperdicios barridos en busca de alfileres y otros restos.
—Vaya, prima —dijo la alegre voz de Richard a espaldas mías, dirigiéndose a Ada—. ¡Jamás saldremos de la Cancillería! ¡Hemos venido por otro camino a nuestro punto de encuentro de ayer y... por el Gran Sello, ahí está otra vez la vieja!
A decir verdad, allí estaba, justo delante de nosotros, haciendo una reverencia, sonriendo y diciendo con su aire de patronazgo de ayer: «¡Los protegidos de Jarndyce! ¡Muy feliz, estoy segura!».
—Sale usted temprano, señora —le dije mientras ella me hacía una reverencia.
—¡S-sí! Suelo pasear por aquí temprano. Antes de que se celebre el tribunal. Es un lugar retirado. Aquí agrupa uno sus pensamientos para los asuntos del día —dijo la anciana con afectación—. Los asuntos del día exigen una gran cantidad de reflexión. La justicia de la Cancillería es tan sumamente difícil de seguir.