preparación, fuimos entonces en busca del señor Turveydrop, a quien encontramos, agrupado con su sombrero y sus guantes, como modelo de apostura, en el sofá de su aposento privado —la única habitación cómoda de la casa—. Parecía haberse vestido con calma entre los intervalos de una ligera colación, y su neceser, sus cepillos y demás, todos de un estilo bastante elegante, estaban por allí dispersos.
“Padre, la señorita Summerson; la señorita Jellyby”.
—¡Encantado! ¡Fascinado! —dijo el señor Turveydrop, incorporándose con su reverencia de hombros alzadísimos.
—¡Permítame! —Ofreciendo sillas.
—¡Séntese! —Besando las puntas de los dedos de su mano izquierda.
—¡Rebosante de alegría! —Cerrando los ojos y oscilando.
—Mi pequeño refugio se convierte en un paraíso.
Recomponiéndose en el sofá como el segundo caballero de Europa.
“Otra vez nos encuentra, señorita Summerson”, dijo