—Pues puede que sí, querida —replicó él—. ¡Y te digo una cosa! Con que deposites en mí la mitad de la confianza que yo depongo en ti después de lo que he visto de ti, con eso basta. ¡Dios! No das ninguna molestia. Jamás he visto a una joven de ninguna clase social —¡y he visto a muchas de alta alcurnia también!— portarse como te has portado tú desde que te levantaron de la cama. Eres un modelo, ya sabes, eso es lo que eres —dijo el señor Bucket con calidez—; eres un modelo.
Le dije que me alegraba mucho, como en verdad me alegraba, de no haber sido un obstáculo para él, y que esperaba no serlo ahora.
—Querida —replicó—, cuando una joven es tan apurada como valiente, y tan valiente como apurada, eso es todo lo que pido, y más de lo que espero. Entonces se convierte en una reina, y eso es más o menos lo que eres tú misma.
Con estas palabras alentadoras —realmente fueron alentadoras para mí en aquellas solitarias y angustiosas circunstancias—, subió al pescante y volvimos a ponernos en marcha. Adónde fuimos no lo supe entonces ni lo he sabido desde a qué lugar, pero pareció que buscábamos las calles más estrechas y peores de Londres. Cada vez que le veía indicando el camino al cochero, me preparaba para que nos adentráramos en un laberinto aún más complejo de tales calles, y jamás dejamos de hacerlo.
A veces salíamos a una vía más ancha o llegábamos a un edificio más grande que los habituales, bien iluminado. Luego nos deteníamos en oficinas como aquellas que habíamos visitado cuando comenzamos nuestro viaje, y yo lo veía en consulta con otros. A veces se bajaba junto a un arco o en una esquina y mostraba misteriosamente la luz de su pequeña linterna. Esto atraía luces similares desde varios rincones oscuros, como si fueran numerosos insectos, y se celebraba una nueva consulta.