El relato de Esther
Sucedió que, cuando volví a casa desde Deal, encontré una nota de Caddy Jellyby (como siempre seguimos llamándola), en la que me informaba de que su salud, que desde hacía algún tiempo era muy delicada, había empeorado y que se alegraría más de lo que podía decirme si fuera a verla.
Era una nota de pocas líneas, escrita desde el sofá en el que yacía y que me llegó dentro de otra de su marido, en la que este respaldaba su ruego con mucha solicitud.
Caddy era ahora la madre, y yo la madrina, de un pobrecito bebé así de pequeño, un renacuajo diminuto y de cara envejecida, con un semblante que parecía no ser apenas otra cosa que la tira de la cofia, y una manita flaca y de dedos largos, siempre apretada bajo la barbilla.
Se quedaba en esa postura todo el día, con sus brillantes puntitos de ojos abiertos, preguntándose (según solía imaginar) cómo había llegado a ser tan pequeño y débil. Siempre que lo movían lloraba, pero en todo lo demás era tan paciente que el único deseo de su vida parecía ser permanecer quieto y pensar.
Tenía unas curiosas venitas oscuras en la cara y unas curiosas marcas oscuras bajo los ojos como leves recuerdos de los pobres días de tintero de Caddy, y en conjunto, para quienes no estaban acostumbrados, era un espectáculo bastante lastimoso.
Pero para Caddy bastaba con que estuviera acostumbrada. Los proyectos con los que entretenía su enfermedad, para la educación de la pequeña