la ventana, con la luz del fuego sobre nosotros, hablando tan libres y felices como era posible.
¡Qué peso me he quitado de encima! ¡Fue tan encantador saber que podía confiar en mí y que le caía bien! ¡Fue tan amable por su parte, y tan alentador para mí!
El joven caballero era un primo lejano suyo, me dijo, y se llamaba Richard Carstone. Era un muchacho apuesto, de rostro ingenuo y risa muy cautivadora; y después de que ella lo llamó para que subiera adonde estábamos, se quedó de pie junto a nosotras, a la luz del fuego, charlando alegremente, como un muchacho despreocupado.
Era muy joven, no tenía más de diecinueve años entonces, si es que llegaba, pero casi dos años mayor que ella. Ambos eran huérfanos y (lo que me resultó muy inesperado y curioso) nunca se habían visto antes de ese día.
El que los tres nos reuniéramos por primera vez en un lugar tan inusual era algo de qué hablar, y hablamos de ello; y el fuego, que había dejado de rugir, nos guiñaba sus ojos rojos —como decía Richard— a la manera de un viejo y somnoliento león de la Cancillería.
Conversábamos en voz baja porque un caballero vestido de etiqueta y con peluca de cola entraba y salía con frecuencia, y al hacerlo, podíamos oír un murmullo pausado a lo distancia, que según él era uno de los abogados de nuestro caso dirigiéndose al Lord Canciller. Le dijo al Sr. Kenge que el Canciller terminaría en cinco minutos; y de pronto oímos un alboroto y pisadas, y el Sr. Kenge dijo que el tribunal se había levantado y que su señoría estaba en la