Sin duda, aquello era una gran noticia; y pensé que nunca acabaríamos de hablar del asunto, ¡tanta era nuestra conversación con Caddy, y tanta la que Caddy tenía con nosotras!
Parece que el desafortunado papá de Caddy había superado su bancarrota —«haber pasado por la Gaceta», era la expresión que usaba Caddy, como si se tratara de un túnel— con la clemencia general y la conmiseración de sus acreedores, y se había quitado de encima sus asuntos de alguna bendita manera sin llegar a comprenderlos, y lo había entregado todo (lo cual no valía mucho, según creo, a juzgar por el estado de los muebles), y había convencido a todos los interesados de que no podía hacer más, el pobre hombre. Así que había sido honrosamente enviado de vuelta a «la oficina» para empezar el mundo otra vez. Lo que hacía en la oficina, nunca lo supe; Caddy decía que era «agente aduanero y general», y lo único que llegué a entender de aquel negocio fue que, cuando necesitaba dinero más de lo habitual, iba a los muelles a buscarlo, y casi nunca lo encontraba.
Tan pronto como su papá hubo tranquilizado su espíritu convirtiéndose en este cordero esquilado, y se hubieron mudado a un alojamiento amueblado en Hatton Garden (donde encontré a los niños, cuando fui allí más tarde, sacando la crin de los asientos de las sillas y atragantándose con ella), Caddy había propiciado un encuentro entre él y el viejo señor Turveydrop; y el pobre señor Jellyby, siendo muy humilde y manso, se había sometido al don de gentes del señor Turveydrop con tanta docilidad que se habían vuelto excelentes amigos.
Gradualmente, el viejo señor Turveydrop, familiarizado así con la idea del matrimonio de su hijo, había avivado sus sentimientos paternales hasta el punto de contemplar dicho acontecimiento como algo inminente y había dado su gracioso consentimiento para que la joven pareja comenzara a llevar casa por su cuenta en la academia de Newman Street cuando quisieran.