Summerson —respondió, justificándose en un tono irritable pero no enfadado—, cómo va a ser de otro modo? Ya sabe cómo es mamá, y no hay necesidad de hacer que el pobre papá sea más desgraciado contándoselo.
—Pero ¿no sería aumentar su desdicha casarse sin su conocimiento ni su consentimiento, querida mía? —dije yo.
“No —dijo la señorita Jellyby, ablandándose—. Espero que no. Trataría de hacerle feliz y cómodo cuando viniera a verme, y a Peepy y a los demás les tocaría por turno venir a quedarse conmigo, y entonces se cuidaría un poco de ellos”.
Había mucho afecto en la pobre Caddy. Se enterneció cada vez más mientras decía esto y lloró tanto por la insólita escenita hogareña que había evocado en su mente, que Peepy, en su cueva bajo el piano, se sintió conmovido y se puso boca arriba con sonoros lamentos.
No fue sino hasta que conseguí que besara a su hermana, y lo hube devuelto a su sitio en mi regazo, y le hube mostrado que Caddy se reía (lo hizo expresamente con ese fin), que pudimos devolverle la tranquilidad; incluso entonces, durante un buen rato estuvo condicionado a que nos tomara a ambas por la barbilla y nos alisara el rostro entero con la mano.
Al fin, como sus ánimos no estaban para el piano, lo subimos a una silla para que mirara por la ventana; y la señorita Jellyby, sujetándolo por una pierna, reanudó su confidencia.
—Todo comenzó cuando viniste a nuestra casa —dijo ella.
Naturalmente, preguntamos cómo.
—Sentí que era tan torpe —respondió—, que me propuse mejorar en ese aspecto a toda costa y aprender a bailar. Le