Mis funciones digestivas, como quizá me haya oído mencionar, no se encuentran en buen estado, y el descanso podría mejorarlas; pero no descansaré, señor, mientras sea su representante.
Siempre que me necesite, me encontrará aquí. Llámeme a donde sea, y acudiré.
Durante las largas vacaciones, señor, consagraré mi tiempo libre a estudiar sus intereses cada vez más de cerca y a hacer gestiones removiendo cielo y tierra (incluyendo, por supuesto, al Canciller) después del término de San Miguel; y cuando en última instancia le felicite a usted, señor —dice el señor Vholes con la severidad de un hombre resuelto—, cuando en última instancia le felicite a usted, señor, de todo corazón, por su acceso a la fortuna —lo cual, de no ser porque yo nunca doy esperanzas, podría comentarle más ampliamente—, usted no me deberá nada más allá del pequeño saldo que quede pendiente en ese momento por concepto de honorarios entre abogado y cliente no incluidos en los honorarios tasados con cargo a la herencia.
No pretendo tener ninguna reclamación sobre usted, señor C., salvo por el desempeño entusiasta y activo —no el desempeño lánguido y rutinario, señor: ese mérito sí lo reclamo— de mi deber profesional. Una vez concluido con éxito mi deber, todo habrá terminado entre nosotros.
Vholes finalmente añade, a modo de apéndice a esta declaración de sus principios, que, como el señor Carstone está a punto de reincorporarse a su regimiento, tal vez el señor C. tenga a bien facilitarle una orden de pago dirigida a su agente por valor de veinte libras a cuenta.
—Porque haza poco que ha habido muchas pequeñas consultas y atenciones, señor —observa Vholes, pasando las hojas de su diario—, y