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nydus/Bleak HousePublic
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XXXVI. Chesney Wold

comer o de beber en la mano; ni bien se sabía que estaba descansando en el parque cuando ya venía tras de mí con una cesta, con el rostro risueño brillando mientras me soltaba una perorata sobre la importancia de alimentarse a menudo.

Luego había un poni expresamente para que yo lo montara, un poni regordete, de cuello corto y con la crin metida en los ojos, que podía galopar —cuando quería— con tanta facilidad y suavidad que era un tesoro.

En muy pocos días acudía a mí en el prado cuando lo llamaba, comía de mi mano y me seguía a todas partes.

Llegábamos a un entendimiento tan excelente que, cuando trotaba conmigo perezosamente, y de forma un tanto obstinada, por algún sendero sombrío, si le palmoteaba el cuello y le decía: «Stubbs, me sorprende que no galopes sabiendo cuánto me gusta; y creo que podrías complacerme, pues lo único que haces es atontarte y quedarte dormido», él sacudía la cabeza con gracia un par de veces y arrancaba de inmediato, mientras Charley se quedaba quieta y se reía con tanto entusiasmo que su risa era como música.

No sé quién le había puesto su nombre a Stubbs, ale parecía pertenecerle con tanta naturalidad como su pelaje áspero.

Una vez lo montamos en un pequeño pescante y lo paseamos triunfalmente por los caminos verdes durante cinco leguas; pero de repente, mientras lo poníamos por las nubes, pareció sentarle mal haber estado acompañado durante tanto tiempo por el círculo de mosquitos tentadores que habían estado revoloteando alrededor de sus orejas todo el camino sin parecer avanzar ni una pulgada, y se detuvo a pensarlo. Supongo que tomó la decisión de que aquello era insoportable, pues se negó rotundamente a moverse hasta que le di las riendas a Charley, me

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