Skimpole y advertirle sobre estos puntos. ¡Dios los bendiga, queridos míos, un niño, un niño!
En prosecución de este plan, fuimos a Londres un día temprano y nos presentamos a la puerta del señor Skimpole.
Vivía en un lugar llamado el Polígono, en Somers Town, donde por entonces andaban muchos refugiados españoles pobres con capa, fumando cigarritos de papel.
Si era mejor inquilino de lo que cabía suponer, debido a que su amigo Fulano acababa pagándole siempre el alquiler, o si su incapacidad para los negocios hacía particularmente difícil echarlo, no lo sé; pero llevaba ocupando la misma casa unos cuantos años.
Estaba en un estado de ruina muy acorde con lo que esperábamos. Faltaban dos o tres barandillas del foso, el tonel de agua estaba roto, el picaporte flojo, el tirador de la campanilla se había arrancado hacía mucho tiempo a juzgar por el estado de oxidación del alambre, y las huellas sucias en los escalones eran el único indicio de que estuviera habitada.
Una muchacha desaliñada y rozagante, que parecía salirse por los desgarros de su vestido y las grietas de sus zapatos como una baya demasiado madura, respondió a nuestra llamada abriendo la puerta muy poco y bloqueando la abertura con su cuerpo.
Como conocía al señor Jarndyce (de hecho, tanto Ada como yo pensamos que evidentemente lo asociaba con el cobro de su salario), cedió de inmediato y nos dejó pasar. Como la cerradura de la puerta estaba descompuesta, se dispuso entonces a asegurarla con la cadena, que tampoco funcionaba muy bien, y dijo que si podíamos subir las escaleras.
Subimos al primer piso, sin ver aún otros muebles que las huellas sucias. El señor Jarndyce entró en una habitación sin más ceremonia, y le