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nydus/Bleak HousePublic
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XII. De guardia

domingo, la fría iglesiecilla se calienta casi con tanta y tan gallarda compañía, y el aroma general del polvo de los Dedlock se ve sofocado por delicados perfumes.

El brillante y distinguido círculo no encierra en su seno una cantidad reducida de educación, juicio, valor, honor, belleza y virtud.

Sin embargo, hay algo que no marcha del todo bien en él a pesar de sus inmensas ventajas. ¿Qué podrá ser?

¿El dandyísmo?

Ya no hay ningún rey Jorge IV (por desgracia) que dicte la moda de los dandis; ya no hay corbatas de toalla almidonadas, ni chaquetas de talle corto, ni pantorrillas postizas, ni corsés.

Ya no hay caricaturas de petimetres afeminados así ataviados, desmayándose en los palcos de la ópera de puro deleite y siendo revividos por otras criaturas delicadas que les acercan a la nariz frascos de sales de cuello largo.

Ya no hay ningún beau a quien le cueste cuatro hombres a la vez meter a presión en sus calzones de ante, ni que asista a todas las ejecuciones, ni que sufra el remordimiento de haber consumido una vez un guisante.

Pero ¿hay acaso dandyísmo en el círculo brillante y distinguido a pesar de todo, un dandyísmo de una laya más perniciosa, que ha traspasado la superficie y anda haciendo cosas menos inofensivas que encorsetarse con toallas y entorpecer su propia digestión, cosas a las que ninguna persona racional tendría por qué oponerse particularmente?

Pues sí. No se puede disimular. Hay en Chesney Wold, en esta semana de enero, unas damas y unos caballeros a la última moda, que han instaurado un dandismo —en la religión, por ejemplo—. Que por pura y lánguida necesidad de una emoción han convenido en una salmodiaría de

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