agua muy sucia. Todos levantaron la vista hacia nosotros al entrar, y la mujer pareció volver el rostro hacia el fuego como para ocultar su ojo amoratado; nadie nos dio la bienvenida.
—Bueno, amigos míos —dijo la señora Pardiggle, aunque su voz no me pareció muy amistosa; era demasiado comercial y metódica—. ¿Cómo están todos? Ya estoy aquí otra vez. Les dije que no podían cansarme, ya saben. Me gusta el trabajo duro y soy fiel a mi palabra.
—No hay —gruñó el hombre en el suelo, cuya cabeza descansaba sobre su mano mientras nos miraba fijamente—, ¿ninguno más de ustedes que vaya a entrar, verdad?
—No, amigo mío —dijo la señora Pardiggle, sentándose en un taburete y derribando otro—. Estamos todos aquí.
—¿Porque me pareció que no había suficientes de ustedes, tal vez? —dijo el hombre, con la pipa entre los labios mientras nos miraba a todos.
El joven y la muchacha se echaron a reír. Dos amigos del joven, a quienes habíamos atraído hacia la puerta y que estaban allí de pie con las manos en los bolsillos, secundaron la risa ruidosamente.
—Ustedes no pueden canarme, buena gente —les dijo la señora Pardiggle a estos últimos—. Disfruto del trabajo duro, y cuanto más difícil me lo pongan, más me gusta.
—¡Pues póngaselo fácil! —gruñó el hombre tirado en el suelo. —Quiero que se haga y se acabe. Quiero que se terminen estas confianzas con mi local. Quiero que se acabe esto de sacarme de quicio como a un tejón. Ahora usted va a fisgonear y a interrogar según la costumbre; ya sé por dónde va a salir. ¡Pues bien! No tiene ninguna necesidad de andar con rodeos. Le voy a ahorrar la molestia.