Me estropeó bastante el placer de aquella noche porque era algo muy vergonzoso y muy ridículo.
Pero a partir de entonces, nunca fuimos al teatro sin que yo viera al señor Guppy en la platea, siempre con el pelo liso y aplastado, el cuello de la camisa doblado hacia abajo y un aire general de debilidad.
Si no estaba allí cuando entrábamos, y yo empezaba a esperar que no viniera y me entregaba por un momento al interés de la escena, era seguro que tropezaría con sus ojos languidecientes cuando menos lo esperaba y, desde ese instante, tenía la absoluta certeza de que estuvieron fijos en mí toda la noche.
Realmente no puedo expresar la incomodidad que esto me produjo. Si al menos se hubiera arreglado el pelo o se hubiera subido el cuello de la chaqueta, ya habría sido bastante malo; pero saber que aquella figura absurda me estaba mirando siempre, y siempre en ese estado demostrativo de abatimiento, me imponía tal cohibición que no me atrevía a reír en la obra, ni a llorar, ni a moverme, ni a hablar. Me parecía incapaz de hacer nada con naturalidad. En cuanto a escapar del señor Guppy yéndome al fondo del palco, no podía soportar la idea porque sabía que Richard y Ada confiaban en tenerme a su lado y que jamás habrían podido hablar tan felizmente si cualquier otra persona hubiera estado en mi lugar. Así que allí me senté, sin saber adónde mirar—pues hacia dondequiera que mirase, sabía que los ojos del señor Guppy me estaban siguiendo— y pensando en el terrible gasto en el que este joven se estaba metiendo por mi culpa.
A veces pensaba en decírselo al señor Jarndyce. Luego temía que el joven perdiera su empleo y que yo pudiera arruinarlo. A veces pensaba en confiar en Richard, pero me retenía la posibilidad de que se peleara con el señor Guppy y le dejara los ojos morados.