“No puedo dejar entrar el aire libre —dijo la pequeña anciana—, la habitación estaba cargada y le habría venido bien, porque la gata que vio abajo, llamada Lady Jane, codicia sus vidas. Se agazapa en el antepecho de afuera durante horas y horas. He descubierto —susurró misteriosamente— que su crueldad natural se agudiza por un miedo celoso a que recuperen su libertad. A consecuencia del fallo que espero se emita en breve. Es astuta y está llena de malicia. A veces llego a creer que no es una gata, sino el lobo del viejo refrán. Es tan difícil mantenerla alejada de la puerta”.
Unas campanas vecinas, que le recordaban a la pobre mujer que eran las nueve y media, hicieron más por ponernos fin a la visita de lo que nosotros habríamos podido hacer por cuenta propia. Tomó apresuradamente su pequeña bolsa de documentos, que había dejado sobre la mesa al entrar, y preguntó si íbamos también al tribunal. Como respondimos que no, y que de ningún modo íbamos a entretenerla, abrió la puerta para acompañarnos abajo.
—Con semejante augurio, es aún más necesario que de costumbre que yo esté allí antes de que llegue el canciller —dijo ella—, pues podría mencionar mi caso lo primero. Tengo el presentimiento de que lo mencionará lo primero esta mañana.
Se detuvo para decirnos en un susurro, mientras bajábamos, que toda la casa estaba llena de trastos raros que su casero había comprado a plazos y no tenía deseos de vender, a consecuencia de estar un poco M⸺.
Esto fue en el primer piso. Pero había hecho una parada previa en el segundo piso y había señalado en silencio una puerta oscura que había allí.
—El único otro huésped —susurró ahora a modo de explicación—, un copista. Los niños de las callejuelas de por aquí dicen que se ha vendido al diablo. No sé qué habrá podido hacer con el dinero. ¡Silencio!