—Eres muy libre de quererlo tanto como te guste —replicó el señor Jarndyce—, pero debemos cuidar su bolsillo, Harold.
—¡Oh! —dijo el señor Skimpole—. ¿Su bolsillo? Ahora estás llegando a lo que no entiendo.
Tomando un poco más de clarete y mojando en él uno de los bizcochos, sacudió la cabeza y nos sonrió a Ada y a mí con una ingenua premonición de que jamás lograría entenderlo.
—Si vas con él aquí o allá —dijo mi tutor claramente—, no debes dejar que pague por los dos.
—Querido Jarndyce —respondió el señor Skimpole, con el rostro cordial iluminado por lo cómico de la idea—, ¿qué voy a hacer? Si me lleva a alguna parte, tengo que ir. ¿Y cómo voy a pagar? Nunca tengo dinero. Si tuviera dinero, no sabría nada al respecto. Supongamos que le digo a un hombre: «¿Cuánto es?». Supongamos que el hombre me responde: «Siete chelines y seis peniques». No sé nada de siete chelines y seis peniques. Me es imposible continuar con el asunto considerando al hombre. No voy por ahí preguntándole a la gente ocupada qué son siete chelines y seis peniques en morisco, idioma que no entiendo. ¿Por qué iba a ir por ahí preguntándoles qué son siete chelines y seis peniques en dinero, algo que no entiendo?
—Bueno —dijo mi tutor, nada disgustado por aquella ingeniosa respuesta—, si alguna vez emprendes cualquier clase de viaje con Rick, tendrás que pedirme el dinero a mí (sin mencionar jamás la más mínima alusión a esa circunstancia), y dejarle los cálculos a él.
—Mi querido Jarndyce —respondió el señor Skimpole—, haré cualquier cosa para complacerle, pero me parece una formalidad inútil, una superstición. Además, se lo doy por palabra, señorita Clare y mi querida señorita Summerson, yo creía que el señor Carstone era inmensamente