marrón que apenas se veía nada.
—Oh, desde luego que no, señorita —dijo—. Esto es un London particular.
Nunca había oído hablar de semejante cosa.
—Una niebla, señorita —dijo el joven.
—¡Oh, en efecto! —dije yo.
Conducimos lentamente por las calles más sucias y oscuras que jamás se hubieran visto en el mundo (según pensé) y en un estado de confusión tan desconcertante que me preguntaba cómo la gente conservaba la razón, hasta que pasamos de repente a la tranquilidad bajo un viejo portal y continuamos por una plaza silenciosa hasta llegar a un rincón extraño, donde había una entrada que subía por una empinada y ancha escalinata, como la entrada a una iglesia.
Y allí mismo había en verdad un cementerio afuera, bajo unos claustros, pues vi las lápidas desde la ventana de la escalera.
Aquello era el