Del mismo modo, al permitírsele asomarse a la puerta de la habitación fatal, representa ese aposento como si tuviera tres cuartos de milla de largo por cincuenta yardas de alto, ante lo cual el tribunal queda particularmente encantado.
Todo este tiempo los dos caballeros antes mencionados entran y salen de todas las casas y asisten a las disputas filosóficas —van a todas partes y escuchan a todo el mundo— y, sin embargo, siempre se están metiendo en la salita del Sol y escribiendo con las plumas voraces en el papel de seda.
Por fin llegan el forense y su investigación, igual que antes, excepto que el forense atesora este caso por salirse de lo común y les dice a los caballeros del jurado, a título personal: «Esa de al lado parecería ser una casa desdichada, caballeros, una casa predestinada; ¡pero así es como a veces la encontramos, y estos son misterios que no podemos explicar!». Tras lo cual entra en acción el de seis pies de estatura, que es muy admirado.
En todos estos procedimientos el señor Guppy desempeña un papel tan insignificante, salvo cuando rinde su testimonio, que es desplazado como un simple particular y solo puede merodear por fuera de la casa secreta, donde sufre la humillación de ver al señor Smallweed ponerle un candado a la puerta y el amargo conocimiento de verse excluido.
Pero antes de que estos procedimientos toquen a su fin, es decir, la noche siguiente a la catástrofe, el señor Guppy tiene algo que decir que debe decirle a Lady Dedlock.
Por cuyo motivo, con el corazón encogido y con ese aire cabizbajo de culpabilidad que engendran el temor y la vigilancia ocultos en las Sol’s Arms, el joven llamado Guppy se presenta en la mansión de la ciudad hacia las siete de la tarde y pide ver a su señoría. Mercury responde que ella va a salir a cenar; ¿no ve el carruaje en la puerta?