—¿Cómo dice que se llama? —replicó el señor Bucket, inclinando la oreja—. Skimpole, ¿verdad? Muchas veces me he preguntado cuál sería su nombre. Skimpole. ¿Juan no será, ni tampoco Jacob?
—Harold —le dije—.
—Harold. Sí. Es un tipo raro ese Harold —dijo el señor Bucket, mirándome con gran expresividad.
—Es un personaje singular —dije.
—Ninguna idea del dinero —observó el señor Bucket—. ¡Aunque bien que lo acepta!
Respondí involuntariamente que me parecía que el señor Bucket lo conocía.
—Pues bien, ahora se lo diré, señorita Summerson —respondió—. Su mente estará mucho mejor por no dar vueltas siempre al mismo punto, y se lo voy a contar para variar. Fue él quien me indicó dónde estaba Toughey. Esa noche me propuse venir a la puerta y preguntar por Toughey, cueste lo que cueste; pero dispuesto a probar alguna que otra jugada primero, si es que había alguna sobre el tablero, simplemente lancé un granito de grava a aquella ventana donde vi una sombra. Tan pronto como Harold la abre y le echo un vistazo, pienso para mí: tú eres el hombre que necesito.
Así que lo calmé un poco sobre eso de no querer molestar a la familia después de que se hubieran ido a la cama y sobre lo lamentable que era que las jóvenes caritativas dieran albergue a vagabundos; y entonces, cuando ya hube entendido bastante bien su modo de ser, le dije que consideraría bien empleado un billete de cinco libras si podía librar el lugar de Toughey sin causar ningún ruido ni problema. Entonces dijo él, levantando las cejas de la manera más alegre: «De nada sirve mencionarme un billete de cinco libras, amigo mío, porque en esos