«¿Vholes? Mi querida señorita Clare, yo he tenido con él esa clase de trato que he tenido con varios caballeros de su profesión. Había hecho algo más o menos de un modo muy agradable y cortés —iniciar un procedimiento, creo que es la expresión—, que terminó en el procedimiento de que me iniciara él a mí. Alguien tuvo la bondad de intervenir y pagar el dinero —tantas libras y cuatro peniques era la cantidad; olvido las libras y los chelines, pero sé que terminaba en cuatro peniques, porque me llamó la atención en su momento que me pareciera tan raro poder deberle cuatro peniques a nadie— y después de eso los puse en contacto. Vholes me pidió la presentación y se la di. Ahora que lo pienso», nos miró con aire inquisitivo y con su sonrisa más franca al hacer el descubrimiento, «¿me sobornó Vholes tal vez? Me dio algo y lo llamó comisión. ¿Fue un billete de cinco libras? ¡A que tuvo que ser un billete de cinco libras, vaya si lo pienso!»
Su posterior consideración del punto se vio impedida por el regreso de Richard, quien, en un estado de excitación, nos presentó apresuradamente al señor Vholes: un hombre cetrino, de labios finos que parecían estar fríos, con alguna que otra erupción roja en el rostro, alto y delgado, de unos cincuenta años, de hombros cargados y encorvado.
Vestido de negro, con guantes negros y abrochado hasta la barbilla, nada había en él tan notable como su aire inanimado y su manera lenta y fija de mirar a Richard.
—Espero no molestarles, señoras —dijo el señor Vholes, y en ese momento observé que además se distinguía por una manera interior de hablar.
—Concerté con el señor Carstone que siempre sabría cuándo su causa figuraba en la lista del Canciller, y habiéndome informado uno de mis empleados anoche, después de la hora del correo, de que figuraba, bastante inesperadamente, en la lista de mañana, me tomé el coche temprano esta mañana y vine a conferenciar con él.