pudiéramos hospedarnos de vez en cuando unos días; «pero —añadió, rascándose la cabeza de un modo muy significativo—, ¡aún no se ha instalado allí!». Las discusiones terminaron alquilándole, por meses, un modesto y coqueto alojamiento amueblado en una vieja y tranquila casa cerca de Queen Square. Inmediatamente empezó a gastar todo su dinero en comprar los más extraños adornos y caprichos para este alojamiento; y tan a menudo como Ada y yo le disuadíamos de hacer alguna compra que tuviera en mente y que fuera particularmente innecesaria y costosa, se anotaba como mérito lo que habría costado y demostraba que gastar cualquier cantidad menor en otra cosa equivalía a ahorrar la diferencia.
Mientras estos asuntos estaban en suspenso, nuestra visita al señor Boythorn quedó aplazada.
Por fin, habiéndose instalado Richard en su alojamiento, ya no había nada que impidiera nuestra marcha. Habría podido ir con nosotros en aquella época del año perfectamente, pero estaba disfrutando de la absoluta novedad de su nueva posición y hacía esfuerzos enérgicos por desentrañar los misterios del funesto pleito. En consecuencia, nos fuimos sin él, y mi querida niña se deshizo en elogios hacia él por estar tan ocupado.
Hicimos un agradable viaje hacia Lincolnshire en diligencia y tuvimos un compañero entretenido en el señor Skimpole. Todo su mobiliario había sido embargado, al parecer, por la persona que se apoderó de él el cumpleaños de su hija de ojos azules, pero él parecía muy aliviado de pensar que ya no estaba. Las sillas y las mesa, decía, eran objetos fatigosos; eran ideas monótonas, no tenían variedad de expresión, te desconcertaban con la mirada y tú los desconcertabas a ellos.