Mi Señora, abanicándose despacio con su pequeña pantalla de mano, le vuelve a preguntar qué supone él que tiene que ver su afición por los retratos con ella.
“Su señoría —replica el señor Guppy, consultando de nuevo su papel—, voy a llegar a eso. ¡Malditas notas! ¡Ah! «Señora Chadband». Sí”.
El señor Guppy acerca un poco su silla y vuelve a sentarse. Mi Lady se reclinó en su sillón con aplomo, aunque tal vez con un ápice menos de elegante soltura que de costumbre, y no vacila jamás en su mirada fija.
“A... ¡un momento, sin embargo! —El señor Guppy vuelve a consultar—. ¿E. S. dos veces? ¡Ah, sí! Sí, ya veo el camino, directo hacia adelante”.
Enrollando el papelito como instrumento para acompañar y recalcar sus palabras, el señor Guppy continúa.
—Su señoría, hay un misterio en torno al nacimiento y la crianza de la señorita Esther Summerson. Estoy informado de ese hecho porque —lo cual menciono en confianza— lo sé por medio de mi profesión en Kenge y Carboy. Ahora bien, como ya le he mencionado a su señoría, la imagen de la señorita Summerson está grabada en mi coranzoncito. Si pudiera despejar este misterio para ella, o demostrar que tiene buenos emparentamientos, o descubrir que, al tener el honor de ser una rama lejana de la familia de su señoría, tuviera derecho a ser parte interesada en Jarndyce y Jarndyce, pues bien, podría hacer una especie de reclamación a la señorita Summerson para que viera con ojos de mayor y más devota aprobación mis propuestas de lo que exactamente lo ha hecho hasta ahora. De hecho, hasta ahora no las ha aprobado en absoluto.
Una especie de sonrisa airada simplemente se dibuja en el rostro de mi señora.
“Ahora bien, es una circunstancia de lo más singular, su señoría —dice el señor Guppy—, aunque una de esas circunstancias que se cruzan en el