usted no la convencerían con charla si la trataran así. ¡Peepy, vete a jugar a las fieras salvajes debajo del piano!
—¡No me da la gana! —dijo Peepy.
—¡Muy bien, muchacho desagradecido, malcriado y de corazón duro! —replicó la señorita Jellyby con lágrimas en los ojos—. No volveré a tomarme la molestia de vestirte nunca más.
—¡Sí, iré, Caddy! —exclamó Peepy, que en verdad era un buen muchacho y a quien la zozobra de su hermana conmovió tanto que se fue al instante.
—Parece una tontería por la que llorar —dijo la pobre señorita Jellyby a modo de disculpa—, pero estoy completamente agotada. Estuve dirigiendo los nuevos circulares hasta las dos de la madrugada. Lo detesto tanto todo que solo eso ya me hace doler la cabeza hasta el punto de no poder ver. ¡Y mira a