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LVIII. Un día y una noche invernales

Un día y una noche invernales

Aún impassible, como corresponde a su alcurnia, la mansión urbana de los Dedlock se porta como de costumbre ante la calle de lúgubre grandeza.

Hay cabezas empolvadas de vez en cuando en las ventanillas del vestíbulo, mirando hacia fuera el polvo libre de impuestos que cae todo el día del cielo; y en el mismo invernadero hay flor de melocotonero que se vuelve exóticamente hacia el gran fuego del vestíbulo frente al tiempo mordaz de fuera.

Se anuncia que mi Lady ha bajado a Lincolnshire, pero se espera que regrese en breve.

El rumor, por lo demás demasiado atareado, no baja a Lincolnshire. Se empeña en revolotear y parlotear por la ciudad. Sabe que ese pobre desdichado, Sir Leicester, ha sido tristemente maltratado. Oye, hija mía, todo tipo de cosas escandalosas. Divierte de lo lindo al mundo en un radio de cinco millas.

No saber que pasa algo malo en casa de los Dedlock es tanto como declarar que uno no es nadie. Una de esas bellezas de mejillas melocotón y gargantas esqueléticas ya está al corriente de todas las circunstancias principales que saldrán a la luz ante los Lores con motivo de la solicitud de ley de divorcio presentada por Sir Leicester.

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