Trust
Una mañana, cuando hube terminado de andar tintineando con mis manojos de llaves, mientras mi bella y yo dábamos vueltas y más vueltas por el jardín, se me ocurrió volver los ojos hacia la casa y vi una larga y delgada sombra que entraba y que parecía la del señor Vholes.
Ada me había estado hablando esa misma mañana de sus esperanzas de que Richard agotara su ardor en el pleito de la Cancillería dedicándose a él con tanta intensidad; y por eso, para no apagar el ánimo de mi querida niña, no dije nada acerca de la sombra del señor Vholes.
Enseguida vino Charley, serpenteando alegremente entre los arbustos y correteando por los senderos, tan sonrosada y bonita como una de las damas de honor de Flora en vez de mi criada, diciendo: «¡Oh, por favor, señorita, tendría la amabilidad de venir a hablar con el señor Jarndyce!».
Era una de las peculiaridades de Charley que, siempre que le encargaban un recado, empezaba a transmitirlo en cuanto vislumbraba, a cualquier distancia, a la persona a quien iba dirigido.
Por lo tanto, vi a Charley pidiéndome, con su fórmula habitual de palabras, que fuera a «ver y hablar» con el señor Jarndyce mucho antes de oírla. Y cuando por fin la oí, lo había dicho tantas veces que estaba sin aliento.
Le dije a Ada que me daría prisa en volver y le pregunté a Charley, mientras entrábamos, si no había un caballero con el señor Jarndyce. A lo que Charley, cuya gramática, confieso para mi vergüenza, nunca hizo honor a mis dotes educativas, respondió: —Sí, señorita. El que bajó al campo con el señor Richard.