anoche su pesquisa secreta, los rastros de sus vestidos y de sus joyas, incluso los espejos acostumbrados a reflejarlas cuando eran parte de ella misma, tienen un aire desolado y vacante. Por oscuro y frío que sea el día invernal, es más oscuro y más frío en estas cámaras desiertas que en muchas chozas que apenas logran resguardar de la intemperie; y aunque los sirvientes amontonen fuego en las chimeneas y coloquen los sofás y las sillas dentro de las mamparas de cristal cálidas que dejan disparar su luz rojiza hasta los rincones más alejados, pesa sobre las habitaciones un denso nubarrón que ninguna luz disipará.
La vieja ama de llaves y su hijo se quedan hasta que los preparativos terminan, y entonces ella regresa arriba. Volumnia ha ocupado el lugar de la señora Rouncewell entretanto, aunque los collares de perlas y los botes de colorete, por muy idóneos que sean para embellecer Bath, resultan consuelos mediocres para el enfermo dadas las circunstancias.
Volumnia, como no se supone que sepa (y de hecho no sabe) qué le pasa, ha considerado una tarea delicada ofrecer observaciones apropiadas y, en consecuencia, las ha suplido con alisados desconcertantes de las sábanas, desplazamientos elaborados de puntillas, ojeadas vigilantes a los ojos de su pariente y un susurro exasperante para sus adentros: «Está dormido».
Para rebatir este comentario superfluo, Sir Leicester ha escrito indignado en la pizarra: «No lo estoy».
Cediendo, por tanto, el sillón de la cabecera a la pintoresca y anciana ama de llaves, Volumnia se sienta en una mesa un poco apartada, suspirando con simpatía. Sir Leicester observa la aguanieve y la nieve y aguarda los pasos de regreso que espera oír. En los oídos de su vieja sirvienta, que parece haber salido de un viejo marco de cuadro para asistir a un convocado Dedlock hacia otro mundo,