—¡Voto al diez —dijo el señor Skimpole, encogiéndose de hombros con su atractiva sonrisa—, que no tengo la menor idea de lo que va a hacer entonces! Pero no me cabe la menor duda de que lo hará.
—Ahora bien, ¿no es una reflexión horrible —dijo mi tutor, a quien le había explicado apresuradamente los inútiles esfuerzos de las dos mujeres—, no es una reflexión horrible —paseándose de un lado a otro y revolviéndose los cabellos— que si este desgraciado fuera un preso condenado, su hospital le estaría de par en par abierto, y estaría tan bien cuidado como cualquier muchacho enfermo del reino?
—Mi querido Jarndyce —respondió el señor Skimpole—, me perdonarás la ingenuidad de la pregunta, viniendo como viene de una criatura que es totalmente ingenua en asuntos mundanos, pero ¿por qué no es prisionero entonces?
Mi tutor se detuvo y lo miró con una caprichosa mezcla de diversión e indignación en el rostro.
—No se puede sospechar que nuestro joven amigo padezca de ningún exceso de delicadeza, según supongo —dijo el señor Skimpole, sin inmutarse y con franqueza—. Me parece que sería más sensato, además de ser en cierto modo más respetable, que mostrara una energía mal dirigida que lo llevara a la cárcel. Habría en ello más espíritu de aventura y, por consiguiente, más de cierta clase de poesía.
—Creo —replicó mi tutor, reanudando su paseo intranquilo— que no hay otro niño en la tierra como tú.
—¿De verdad? —dijo el señor Skimpole—. ¡Es muy posible! Pero confieso que no veo por qué nuestro joven amigo, en su medida, no ha de buscar el modo de rodearse de la poesía que esté a su alcance. Nace sin duda con apetito; probablemente, cuando goza de mejor salud, tiene un apetito excelente. Muy bien.