—Un lugar apagado, señorita Summerson, para una vida que no es oficial —dijo el señor Vholes, empañando el cristal con su guante negro para aclararlo mejor para mí.
—Aquí no hay mucho que ver —dije.
—Tampoco a oírla, señorita —respondió el señor Vholes—. Una que otra vez se cuela un poco de música, pero en el derecho no somos musicales y pronto la echamos fuera. ¿Espero que el señor Jarndyce goce de tan buena salud como sus amigos pudieran desearle?
Le di las gracias al señor Vholes y le dije que estaba muy bien.
—Yo mismo no tengo el gusto de figurar entre el número de sus amigos —dijo el señor Vholes—, y bien sé que a los caballeros de nuestra profesión se nos suele mirar desde tales sectores con malos ojos. Nuestro camino más recto, sin embargo, a pesar de los buenos o malos informes y de toda clase de prejuicios (somos víctimas de los prejuicios), es llevarlo todo a la luz pública. ¿Cómo encuentra usted que se ve al señor C., señorita Summerson?
“Tiene muy mal aspecto. Terrible y angustiado.”
—Así es —dijo el señor Vholes.
Él se paró detrás de mí con su larga figura negra que llegaba casi al techo de aquellas habitaciones bajas, palpándose los granos de la cara como si fueran adornos y hablando por dentro y de manera uniforme, como si en su naturaleza no existiera la pasión ni la emoción humana.
—El señor Woodcourt está atendiendo al señor C., ¿creo? —reanudó él.
—El señor Woodcourt es su desinteresado amigo —contesté.
“Pero me refiero a la asistencia profesional, a la asistencia médica”.