Ha volado a la capital, sin intención de quedarse allí, y pronto volverá volando hacia aquí, para confusión de las gacetillas de moda. La casa de la ciudad no está preparada para recibirla. Está amortajada y desolada. Tan solo un Mercurio empolvado bosteza desconsolado en la ventana del vestíbulo; y le comentó anoche a otro Mercurio de su conocimiento, también acostumbrado a la buena sociedad, que si aquella clase de situación iba a durar —lo cual no podía ser, pues un hombre de su vitalidad no podía soportarlo, y de un hombre de su planta no cabía esperarse que lo soportara—, ¡no le quedaría más recurso, bajo su palabra de honor, que cortarse el cuello!
¿Qué conexión puede haber entre el lugar en Lincolnshire, la casa en la ciudad, el Mercurio empolvado y el paradero de Jo, el forajido de la escoba, sobre quien recaía aquel rayo de luz distante cuando barría el escalón del cementerio?
¡Qué conexión puede haber habido entre muchas personas en las innumerables historias de este mundo que, desde lados opuestos de grandes abismos, se han visto, sin embargo, extrañamente reunidas!
Jo barre su cruce todo el día, ajeno al eslabón, si es que hay algún eslabón. Resume su estado mental cuando le hacen una pregunta respondiendo que «no sabe na de na».
Sabe que es difícil mantener el barro alejado del cruce cuando hace mal tiempo, y más difícil aún ganarse la vida haciéndolo. Nadie le enseñó ni tanto así; lo descubrió por sí mismo.
Jo vive—es decir, Jo aún no ha muerto—en un paraje ruinoso conocido por los de su ralea con el nombre de Tom-all-Alone’s. Es una calle negra y achacosa, rehuida por toda la gente decente, cuyas casas desvencijadas