—No esperarás que nadie crea esto, lo de la dama y el soberano, ¿verdad? —dice el agente, mirándolo de soslayo con indescriptible desdén.
—No sé si lo hago, señor —responde Jo—. No espero nada de nada, señor, gran cosa, pero esa es la pura verdá del caso.
—¡Ya ve cómo es! —le observa el gendarme al público—. Bueno, señor Snagsby, si no lo arresto esta vez, ¿se compromete usted a que circule?
—¡No! —grita la señora Snagsby desde la escalera.
“¡Mujercita mía!”, suplica su esposo.
—Agente, no me cabe duda de que se marchará. Sabe que de verdad tiene que hacerlo —dice el señor Snagsby.
—Por todos los medios estoy conforme, señor —dice el desdichado Jo.
—Hazlo, pues —observa el agente—. Ya sabes lo que tienes que hacer. ¡Hazlo! Y recuerda que la próxima vez no saldrás tan bien librado. Coge tu dinero. Ahora bien, cuanto antes estés a cinco millas de distancia, mejor para todos.
Con esta pista de despedida y señalando vagamente hacia el sol poniente como un lugar probable al que mudarse, el alguacil da las buenas tardes a sus oyentes y hace que los ecos de Cook’s Court interpreten una música lenta para él mientras se aleja por el lado de la sombra, llevando en la mano su sombrero de herrajes para ventilarse un poco.
Ahora, el inverosímil relato de Jo sobre la dama y el soberano ha despertado más o menos la curiosidad de toda la compañía.