para conducirla a nstra ofna. arriba ind.
Oh, jamás, jamás, jamás olvidaré la emoción que esta carta causó en la casa.
Fue tan tierno de su parte preocuparse tanto por mí, fue tan clemente por parte de aquel Padre que no me había olvidado el haber allanado y facilitado tanto mi camino de huérfana, y el haber inclinado tantas naturalezas juveniles hacia mí, que apenas pude soportarlo.
No es que hubiera querido que sintieran menos pesar —temo que no; pero el placer que me causaba, y el dolor que me producía, y el orgullo y la alegría que sentía, y el humilde arrepentimiento se mezclaban de tal modo que mi corazón parecía estar a punto de estallar al mismo tiempo que se llenaba de éxtasis.
La carta solo me dio cinco días de plazo para mi traslado. ¡Cuando cada minuto acrecentaba las pruebas de amor y bondad que se me brindaron en esos cinco días, y cuando por fin llegó la mañana y me llevaron por todas las habitaciones para que las viera por última vez, y cuando algunos clamaban: «¡Esther, querida, despídete de mí aquí, al lado de mi cama, donde me hablaste por primera vez con tanta dulzura!», y cuando otros me pedían tan solo que escribiera sus nombres: «Con el cariño de Esther», y cuando todos me rodeaban con sus regalos de despedida y se aferraban a mí llorando y gritaban: «¡Qué haremos cuando la querida, queridísima Esther se haya ido!», e intentaba decirles cuán indulgentes y cuán buenos habían sido todos conmigo y cómo los bendecía y daba las gracias a cada uno de ellos, ¡qué corazón el mío!
Y cuando las dos señoritas Donny sintieron tanta