—Creeríalo un error —dijo el señor Skimpole con su risa ligera—, de creer a la señorita Summerson capaz de cometerlo. ¡Pero no lo creo!
—Señor Skimpole —le dije, alzando los ojos hacia los suyos—, le he oído decir tan a menudo que no está familiarizado con los asuntos comunes de la vida...
—Es decir, nuestros tres amigos de la banca, L, S y, ¿cuál es el socio menor? ¿D? —dijo el señor Skimpole con aire radiante—. ¡No tengo la más remota idea de ellos!
—Eso tal vez —continué—, le sirva de excusa por mi atrevimiento. Creo que debería saber muy seriamente que Richard es más pobre de lo que era.
—¡Dios mío! —dijo el señor Skimpole—. A mí también, eso dicen.
“Y en una situación económica muy apurada”.
—¡Caso paralelo, exactamente exactamente! —dijo el señor Skimpole con el rostro iluminado por la alegría.
“Esto en la actualidad naturalmente le causa a Ada mucha ansiedad secreta, y como creo que está menos ansiosa cuando los visitantes no le exigen nada, y como Richard tiene una inquietud siempre pesada en su mente, se me ha ocurrido tomarme la libertad de decir que —si usted quisiera— no—”
Iba yo al grano con gran dificultad cuando él me cogió de ambas manos y, con el rostro radiante y de la manera más viva, se adelantó a decirlo.
—¿No ir allí? Ciertamente no, querida señorita Summerson, de ningún modo. ¿Por qué iba a ir allí? Cuando voy a alguna parte, voy por placer. No voy a ninguna parte por dolor, porque fui hecho para el placer. El dolor viene a mí cuando me quiere.