este vaso ejemplar que, al empezar a comer y beber, puede describirse como si siempre se convirtiera en una especie de molino de aceite considerable u otra gran fábrica para la producción de dicho artículo a escala mayorista. En la presente tarde de las vacaciones judiciales, en Cook’s Court, Cursitor Street, realiza un negocio tan redondo que el almacén parece quedar bien lleno cuando cesan las labores.
En este momento de la diversión, Guster, que nunca se ha recuperado de su primer fracaso, sino que ha omitido ningún medio, posible o imposible, de atraer el descrédito sobre el establecimiento y sobre sí misma —entre los cuales se pueden enumerar brevemente el haber interpretado inesperadamente música militar de percusión sobre la cabeza del señor Chadband con platos y, acto seguido, haber coronado a dicho caballero con bollos de mantequilla—, en este momento de la diversión, Guster le susurra al señor Snagsby que lo necesitan.
—Y siendo reclamado en la —por no afinar demasiado las cosas— en la tienda —dice el señor Snagsby, poniéndose en pie—, tal vez esta buena compañía me excuse por medio minuto.
El señor Snagsby baja y encuentra a los dos aprendices contemplando con fijeza a un agente de policía, que sujeta a un muchacho andrajoso por el brazo.
—¡Vaya, Dios me bendiga —dice el señor Snagsby—, qué ocurre!
“Este muchacho —dice el agente—, aunque se le ha dicho repetidamente que circule, no se mueve—”
—Siempre voy marchándome, señor —grito el muchacho, secándose las lágrimas sucias con el brazo—. ¡Siempre he estado marchándome y marchándome, desde que nací! ¿Adónde más voy a poder marcharme, señor, de lo que ya me margo!