¡Oh, si en días más brillantes el fuego ahora extinto en su interior alguna vez ardió por una mujer que lo llevó en su corazón, dónde está ella, mientras estas cenizas yacen sobre la tierra!
No es precisamente una noche de descanso la de la casa del señor Snagsby, en Cook’s Court, donde Guster asesina el sueño pasando —según el propio señor Snagsby reconoce, para no afinar demasiado el punto— de un ataque a veinte. El motivo de este acceso es que Guster tiene un corazón tierno y un algo susceptible que bien podría haber sido imaginación, de no ser por Tooting y su santo patrón. Sea lo que fuere, el caso es que a la hora del té quedó tan funestamente impresionada por el relato del señor Snagsby sobre la investigación en la que había participado, que a la hora de la cena se precipitó a la cocina, precedida por un queso holandés volador, y sufrió un ataque de inusitada duración, del que solo salió para caer en otro, y en otro, y así sucesivamente a través de una cadena de ataques, con breves intervalos entre ellos, que ella ha aprovechado patéticamente para consumirlos rogando a la señora Snagsby que no la despida «en cuanto vuelva en sí del todo», y suplicando asimismo a todo el servicio que la tiendan sobre las baldosas y se vayan a la cama. De ahí que el señor Snagsby, al oír por fin al gallo de la pequeña lechería de Cursitor Street entonar ese desinteresado éxtasis suyo acerca de la luz del día, diga exhalando un largo suspiro, a pesar de ser el más paciente de los hombres: «¡Estaba seguro de que te habías muerto!».
Qué cuestión suponga resolver este ave entusiasta cuando se esfuerza hasta tal extremo, o por qué debe cantar así (así cantan los hombres en diversas ocasiones públicas y triunfantes, sin embargo) acerca de algo que no puede importarle lo más mínimo, es asunto suyo.
Basta con que llegue la luz del día, llegue la mañana, llegue el mediodía.
Luego, el activo e inteligente, que se ha ganado la fama de tal en los periódicos matutinos, acude con su coitiva de pobres a casa de Mr.