observación (principalmente muchachos) avanzan hasta el escaparate del señor Krook, al que sitian de cerca. Un policía ya ha subido a la habitación y ha vuelto a bajar a la puerta, donde permanece como una torre, dignándose tan solo a ver de vez en cuando a los muchachos a su base; pero cada vez que los ve, estos se acobardan y retroceden. La señora Perkins, que desde hacía unas semanas no se hablaba con la señora Piper a consecuencia de un desagradable incidente originado porque el pequeño Perkins le había arreado «un coscorrón» al pequeño Piper, reanuda su trato amistoso en tan propicia ocasión. El pinche de la esquina, que es un aficionado con privilegios por poseer un conocimiento oficial de la vida y tener que vérselas con borrachos de vez en cuando, intercambia confidencias con el policía y tiene el aspecto de un joven inexpugnable, inmune a las porras e inconfinable en comisarías. La gente habla de una ventana a otra a través del callejón, y exploradores des descubiertos acuden apresurados desde Chancery Lane para enterarse de lo que pasa. El sentimiento general parece ser que es una suerte que al señor Krook no lo hubieran liquidado primero, mezclado con una pequeña y natural decepción de que no hubiera sido así. En medio de este revuelo, llega el bedel.
El bedel, aunque generalmente considerado en el vecindario como una institución ridícula, no deja de gozar de cierta popularidad por el momento, aunque solo sea por tratarse de un hombre que va a ver el cadáver. El policía lo considera un civil imbécil, un remanente de los tiempos bárbaros de los serenos, pero le permite el paso por tratarse de algo que hay que soportar hasta que el gobierno lo abuele.