llegado cuando aún nos faltaban diez millas, y de que cuando de verdad estuviéramos allí, jamás llegaríamos. Sin embargo, cuando empezamos a dar botes sobre un empedrado y, sobre todo, cuando cualquier otro carruaje parecía chocar contra nosotros y nosotros parecíamos chocar contra cualquier otro carruaje, empecé a creer que de verdad nos acercábamos al final de nuestro viaje. Muy poco después, nos detuvimos.
Un joven caballero que se había manchado de tinta por accidente me habló desde la acera y me dijo: «Señorita, soy de Kenge y Carboy, de Lincoln’s Inn».
—Si usted gusta, señor —dije yo.
Él fue muy servicial, y mientras me ayudaba a subir a un coche de alquiler después de supervisar la retirada de mis baúles, le pregunté si había algún gran incendio en alguna parte, pues las calles estaban tan llenas de un denso humo