Dejando esta dirección (pronunciada como un mensaje sepulcral) resonando en las vigas del tejado, el consejerito se marcha, y la niebla ya no vuelve a saber de él. Todo el mundo lo busca. Nadie puede verlo.
—Hablaré con los dos jóvenes —dice de nuevo el canciller— y me cercioraré por mí mismo sobre el asunto de su residencia con su primo. Mencionaré el asunto mañana por la mañana cuando ocupe mi asiento.
El Lord Canciller está a punto de inclinarse ante la barra cuando presentan al recluso. Del cúmulo de alegatos del prisionero no puede resultar otra cosa que su devolución a la prisión, lo cual no tarda en hacerse. El hombre de Shropshire se atreve a lanzar otro reprochativo «¡Señoría!», pero el Canciller, habiéndose percatado de su presencia, ha desaparecido con destreza. Todos los demás desaparecen rápidamente también.
Una batería de sacos azules se carga con pesados montones de papeles y es retirada por los escribientes; la viejecita loca marcha ufana con sus documentos; el tribunal vacío queda bajo llave. Si toda la injusticia que ha cometido y toda la miseria que ha causado pudiesen encerrarse con él, y todo ello ardiese en una gran pira funeraria, ¡cuánto mejor sería para otras partes distintas de las partes de Jarndyce y Jarndyce!