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nydus/Bleak HousePublic
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XXI. La familia Smallweed

del tema. Ahora bien, si su bonita nieta —perdón, señorita— tiene la amabilidad de cuidar esta pipa durante dos meses, nos ahorraremos el coste de otra la próxima vez. ¡Buenas noches, señor Smallweed!”

—¡Mi querido amigo! —el anciano le tiende ambas manos.

—¿De modo que crees que tu amigo de la ciudad se mostrará inflexible conmigo si me retraso en un pago? —dice el soldado, mirándolo desde arriba como un gigante.

—Querido amigo, mucho temo que sí —responde el anciano, mirándolo desde abajo como a un pigmeo.

El señor George ríe y, con una mirada al señor Smallweed y un saludo de despedida a la despectiva Judy, sale a grandes zancadas del salón, entrechocando sables imaginarios y otros aparejos metálicos a medida que avanza.

—Eres un maldito bribón —dice el viejo caballero, haciendo una mueca espantosa hacia la puerta al cerrarla—. ¡Pero ya te atraparé, pilluelo, ya te atraparé!

Tras esta afable observación, su espíritu se eleva hacia aquellas regiones encantadas de la reflexión que su educación y sus ocupaciones le han abierto, y de nuevo él y la señora Smallweed disipan las horas rosadas, dos centinelas impertérritos olvidados como se ha dicho del sargento Negro.

Mientras los dos son fieles a su puesto, el señor George camina a zancadas por las calles con una especie de chulería imponentísima y un rostro de lo más serio. Son las ocho ahora, y el día se va cerrando a toda prisa. Se detiene junto al puente de Waterloo y lee un cartel de teatro; decide ir al teatro Astley. Una vez allí, los caballos y las pruebas de

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