preparativos para la cena; con el rostro de su generoso dueño iluminando todo cuanto veíamos; y con la justa cantidad de viento afuera como para entonar un suave acompañamiento a todo cuanto oíamos, nuestras primeras impresiones de Bleak House.
—Me alegra que os guste —dijo el señor Jarndyce cuando hubo vuelto a llevarnos a la salita de Ada—. No presume de nada, pero espero que sea un lugar acogedor y lo será aún más con vuestras caras tan alegres en él. Tenéis apenas media hora antes de cenar. Aquí no hay nadie más que la mejor criatura del mundo: una niña.
—¡Más niños, Esther! —dijo Ada.
—No me refiero literalmente a un niño —continuó el señor Jarndyce—; no un niño en años. Es un hombre hecho y derecho —es al menos tan viejo como yo—, pero en simplicidad, frescura, entusiasmo y una