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nydus/Bleak HousePublic
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XXXVII. Jarndyce y Jarndyce

Comprendimos por lo que siguió que el señor Skimpole iba a quedarse hasta la mañana para ocupar las dos plazas que ya habían sido pagadas.

Como Ada y yo estábamos muy decaídas por lo de Richard y nos dolía mucho despedirnos así de él, dejamos ver tan claramente como la educación nos lo permitía que íbamos a dejar al señor Skimpole en el Dedlock Arms y a retirarnos una vez que los viajeros nocturnos se hubieran marchado.

Con el gran entusiasmo de Richard, que todo lo arrollaba a su paso, salimos todos juntos hacia la cima de la colina situada sobre el pueblo, donde él había mandado que un pescante aguardara y donde encontramos a un hombre con un farol a la cabeza del caballo demacrado y pálido que le habían aparejado.

Jamás olvidaré a aquellos dos sentados el uno al lado del otro a la luz del farol, Richard todo rubor, fuego y risas, con las riendas en la mano; el señor Vholes muy quieto, con guantes negros y abrochado hasta el cuello, mirándolo como si estuviera contemplando a su presa y la estuviera fascinando.

Tengo ante mí el cuadro entero de la cálida noche oscura, el relámpago estival, la polvorienta huella del camino cercada por setos y árboles altos, el caballo demacrado y pálido con las orejas erguidas, y la huida a toda velocidad hacia Jarndyce y Jarndyce.

Mi querida muchacha me dijo aquella noche que el que Richard fuera próspero o estuviera arruinado a partir de entonces, que tuviera amigos o fuera abandonado, solo podría significar esta diferencia para ella: que cuanto más necesitara amor de un corazón inalterable, más amor tendría ese corazón inalterable para darle; cómo él pensaba en ella a través de sus presentes errores, y ella pensaría en él en todo momento —nunca en sí misma si podía consagrarse a él, nunca en sus propias delicias si podía servir a las de él.

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