que crecía sino que, por el contrario, construía un modelo de telar mecánico, hubo de referir sus desviaciones al baronete entre muchas lágrimas. > —Mrs. Rouncewell —dijo Sir Leicester—, jamás puedo consentir en discutir, como bien sabe, con nadie sobre ningún tema. Haría bien en deshacerse de su muchacho; haría bien en meterlo en alguna fábrica. El país del hierro, más al norte, es, supongo, la dirección idónea para un muchacho con semejantes
Más al norte se iba, y más al norte crecía; y si Sir Leicester Dedlock alguna vez lo vio cuando fue a Chesney Wold a visitar a su madre, o pensó en él alguna vez después, es seguro que solo lo consideró como uno de los miembros de un grupo de unos mil conspiradores estrafalarios, morenos y siniestros, que tenían la costumbre de salir a la luz de las antorchas dos o tres noches a la semana con fines ilícitos.
Sin embargo, el hijo de la señora Rouncewell ha crecido, en el curso de la naturaleza y del arte, se ha establecido, se ha casado y ha llamado junto a sí al nieto de la señora Rouncewell, el cual, habiendo terminado su aprendizaje y regresado de un viaje por tierras lejanas —adonde fue enviado para ampliar sus conocimientos y completar su preparación para la aventura de esta vida—, permanece hoy mismo apoyado contra la chimenea en la habitación de la señora Rouncewell en Chesney Wold.
—Y, una y otra vez, ¡me alegra verte, Watt! Y, una vez más, ¡me alegra verte, Watt! —dice la señora Rouncewell.
—Eres un buen muchacho. Te pareces a tu pobre tío George. ¡Ah!
Las manos de la señora Rouncewell inquietas, como de costumbre, ante esta mención.
«Dicen que me parezco a mi padre, abuela».