modestia, confesando cómo en una época canturreaba un poco para expresar los sentimientos de su propio pecho, y sin ninguna idea presuntuosa de entretener a sus amigos, que se le pide que cante. Para no quedarse atrás en la sociabilidad de la velada, accede y les interpreta «Créeme, si todos esos entrañables encantos juveniles». Esta balada, le informa a la señora Bagnet, considera que ha sido su más poderosa aliada para conmover el corazón de la señora Bucket cuando era doncella, y persuadirla para que se acercara al altar —las propias palabras del señor Bucket son «para dar el do de pecho»—.*
Este chispeante desconocido constituye una novedad tan nueva y agradable en la velada que el señor George, el cual no dio muestras de gran entusiasmo al entrar él, empieza, a pesar suyo, a sentirse bastante orgulloso de él.
Es tan simpático, es un hombre de tantos recursos y tan fácil de tratar, que es algo digno de mención haberlo dado a conocer allí.
El señor Bagnet cobra, tras otra pipa, tanta conciencia del valor de su conocimiento que le solicita el honor de su compañía para el próximo cumpleaños de la vieja. Si algo puede cementar y consolidar aún más la estima que el señor Bucket ha concebido por la familia, es el descubrimiento de la naturaleza de la ocasión.
Brinda por la señora Bagnet con un entusiasmo que raya en el arrobamiento, se compromete para ese mismo día del año próximo con creces de agradecimiento, anota el día en una gran libreta negra con una cinta elástica y abriga la esperanza de que la señora Bucket y la señora Bagnet puedan, antes de esa fecha, llegar a ser, por decirlo así, hermanas.
Como él mismo dice, ¿qué es la vida pública sin los lazos privados? Él es, a su modo humilde, un hombre público, pero no es en esa esfera donde encuentra la felicidad. No, hay que buscarla dentro de los confines de la dicha doméstica.