y abriéndonos camino con facilidad, se detuvo cuando estuvimos fuera de la multitud, en un rincón detrás de un gran cortinaje rojo.
—Hay una viejecita toda agrietada —empezó—, que...
Levanté el dedo, pues la señorita Flite estaba muy cerca de mí, habiéndose mantenido a mi lado todo el tiempo y habiéndome llamado la atención de varios de sus conocidos del foro (como había oído con confusión) susurrándoles al oído: «¡Chist! ¡Fitz Jarndyce a mi izquierda!».
—¡Ejem! —dijo el señor George—. ¿Recuerda, señorita, que esta mañana conversamos sobre cierto hombre? Gridley —añadió en un susurro bajito, cubriéndose la boca con la mano.
—Sí —dije yo.
“Él está escondido en mi casa. No he podido mencionarlo. No tenía su autorización. Está en su última marcha, señorita, y tiene el capricho de verla. Dice que pueden compadecerse el uno del otro, y ella ha