Era el primer paseo que dábamos juntos, a excepción de aquel brevísimo hasta el lugar habitual de encuentro. Hablamos de Richard y de Ada durante todo el trayecto. No le di las gracias con palabras por lo que había hecho —por entonces mi gratitud superaba toda palabra—, pero esperaba que no le faltara cierta comprensión de lo que yo sentía con tanta intensidad.
Al llegar a casa y subir las escaleras, descubrimos que mi tutor no estaba y que la señora Woodcourt tampoco. Estábamos en la misma habitación a la que había llevado a mi ruborizada muchacha cuando su joven amante, ahora su tan cambiado esposo, era la elección de su tierno corazón, la misma habitación desde la cual mi tutor y yo los habíamos visto alejarse bajo la luz del sol en el fresco apogeo de su esperanza y su promesa.
Estábamos de pie junto a la ventana abierta, mirando hacia la calle, cuando el señor Woodcourt me habló.
Comprendí en un instante que me amaba.
Comprendí en un instante que mi rostro cicatrizado seguía siendo el mismo para él.
Comprendí en un instante que lo que había tomado por piedad y compasión era un amor devoto, generoso y fiel.
Oh, demasiado tarde para saberlo ahora, demasiado tarde, demasiado tarde. Ese fue el primer pensamiento ingrato que tuve. Demasiado tarde.
“Cuando regresé —me dijo—, cuando volví, ni más rico que cuando me fui, y te encontré recién levantada de un lecho de enfermo, pero tan inspirada por una dulce consideración hacia los demás y tan libre de cualquier pensamiento egoísta—”
—¡Oh, señor Woodcourt, se lo ruego, se lo ruego! —le supliqué—. No merezco sus generosos elogios. ¡Tuve muchos pensamientos egoísta en ese entonces, muchos!