“Ah, pero no sé”, responde Jo, negando con la cabeza con temor, “si no oye”.
—Vaya, él no se encuentra en este lugar.
—¿Pues no —dice Jo—? Está en todas partes a la vez.
Allan lo mira perplejo, pero descubre algo de sentido real y buena fe en el fondo de esa desconcertante respuesta. Espera pacientemente una respuesta explícita; y Jo, más desconcertado por su paciencia que por cualquier otra cosa, al fin le susurra desesperadamente un nombre al oído.
—¡Vaya! —dice Allan—. Y bien, ¿qué habías estado haciendo?
“Ná, señor. Nunca he hecho ná pa’ meterme en líos, salvor lo de no pirarme y lo del sándich. Pero ya me piro. Me piro al camposanto, ese es el viaje que me toca”.
—No, no, intentaremos evitar eso. ¿Pero qué te hizo?
—Me metieron en un orspital —respondió Jo en un susurro—, hasta que me dieron el alta, y luego me dieron un poco de dinero —cuatro medios toros, lo que se dice medias coronas— y me dice: «¡Ándando! Aquí no te quiere nadie», dice. «Ándate. Vete a patear los caminos», dice. «Circula», dice. «Que no te vuelva a ver por ningún sitio a menos de cuarenta millas de Londres, o te pesará». Y así será, si es que llega a verme, y me verá si sigo sobre la tierra —concluye Jo, repitiendo nerviosamente todas sus precauciones e inspecciones anteriores.
Allan lo piensa un poco, luego comenta, volviéndose hacia la mujer pero sin quitarle los ojos de encima a Jo, con aire alentador: «No es tan ingrato como suponías. Tenía una razón para marcharse, aunque fuera insuficiente».