cirujano respondió que no, que no había visto motivo para pensarlo. Era sumamente desconfiado, como solía ser la ignorancia, y siempre estaba más o menos bajo los efectos de la ginebra sin diluir, de la cual bebía grandes cantidades y a la cual él y su trastienda, como habríamos podido observar, olían fuertemente; pero no creía que estuviera loco, al menos por el momento.
De camino a casa, me gané de tal modo el afecto de Peepy comprándole un molino de viento y dos sacos de harina, que no permitía que nadie más le quitase el sombrero y los guantes, y no quería sentarse a cenar en ninguna otra parte que no fuera a mi lado.
Caddy se sentó al otro lado de mí, junto a Ada, a quien le contamos toda la historia del compromiso en cuanto regresamos.
Mimamos mucho a Caddy, y también a Peepy; y Caddy se alegró muchísimo; y mi tutor estuvo tan alegre como nosotros; y todos fuimos en verdad muy felices hasta que Caddy se marchó a casa por la noche en un coche de punto, con Peepy profundamente dormido, pero aferrado con fuerza al molino de viento.
He olvidado mencionar—o al menos no lo había mencionado—que el señor Woodcourt era el mismo joven cirujano moreno a quien habíamos conocido en casa del señor Badger. Ni que el señor Jarndyce lo invitó a cenar ese día. Ni que vino. Ni que cuando todos se hubieron ido y le dije a Ada: «¡Ahora, mi niña, charlemos un poco sobre Richard!», Ada se rio y dijo—
Pero no creo que importe lo que dijo mi querida. Siempre estaba alegre.