evitar que me hicieran girones, tuve que recurrir a mis cuentos de hadas. De vez en cuando oía voces altas en la sala de arriba y, ocasionalmente, un violento revuelo de muebles. Me temo que este último efecto se debía a que el pobre señor Jellyby se apartaba de la mesa del comedor y se lanzaba precipitadamente hacia la ventana con la intención de arrojarse al patio inglés cada vez que hacía un nuevo intento por comprender sus asuntos.
Mientras volvía tranquilamente a casa por la noche, después del bullicio del día, medité bastante sobre el compromiso de Caddy y me sentí confirmada en mis esperanzas (a pesar del anciano señor Turveydrop) de que ella sería más feliz y mejor gracias a él.
Y si parecía haber tan escasas posibilidades de que ella y su esposo llegaran a descubrir alguna vez cuál era en realidad el modelo de desparpajo, bueno, pues eso también era lo mejor, ¿y quién querría que fuesen más sabios?
Yo no deseaba que fuesen más sabios y, de hecho, me daba un poco de vergüenza no creer del todo en él.
Y miré hacia las estrellas, y pensé en los viajeros por países lejanos y en las estrellas que veían, y esperé poder ser siempre tan bendecida y dichosa como para ser útil a alguien a mi pequeña manera.
Se alegraron tanto de verme cuando llegué a casa, como siempre lo hacían, que me habría sentado a llorar de alegría si ese no hubiera sido un método de hacerme desagradable. Todos en la casa, desde el más bajo hasta el más alto,